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Entre el hombre y la naturaleza existe una perfecta e inquebrantable simbiosis que podemos aprovechar para proteger y potenciar nuestra belleza natural. Las plantas son auténticos laboratorios de los que se extraen inigualables activos cosméticos y aceites vegetales que atesoran nutrientes imprescindibles en la formulación de la mejor cosmética natural. Básicamente todos los aceites nutren y revitalizan. También favorecen la hidratación y forman sobre la piel una especie de barrera impermeable que, además de proteger la epidermis de las agresiones externas, evita que la humedad se evapore. 


Pero, entre unos y otros aceites hay notables diferencias de calidad que es imprescindible conocer, porque, indudablemente, influyen en su eficacia. Nunca se puede comparar un aceite vegetal extraído de primera presión en frio con un aceite mineral obtenido mediante la purificación de petróleo, que incluso, puede llegar a contener residuos de hidrocarburos policíclicos. A menudo la industria utiliza en sus formulaciones aceites minerales, porque son infinitamente más económicos y fáciles de emulsionar. Sin embargo, no debemos olvidar que la piel es un órgano en constante actividad y que a través de ella se pueden filtrar tóxicos que logran alcanzar nuestro torrente sanguíneo. Se han encontrado componentes de uso exclusivamente cosmetológico en la leche materna, la placenta e, incluso, en tejidos afectados por carcinomas. Algunos de estos aceites minerales impiden la eliminación de sustancias de deshecho y bloquean la respiración cutánea. Otros tóxicos alteran el sistema hormonal e, incluso, pueden generar problemas reproductivos. Los hay que afectan al sistema nervioso y se han relacionado con problemas de insomnio y ansiedad.  Y es que, por más que lo intentemos, la sabiduría de la naturaleza es imposible de igualar por activos de origen sintético.


De entre los beneficiosos aceites vegetales destacan los extraídos de las frutas del bosque. Estos pequeños frutos aportan grandiosos beneficios cosmetológicos, debido a que en su tejido están presentes sustancias de efecto fisiológico, dermatológico y psicológico. El arándano rojo contribuye a prevenir y retrasar el envejecimiento cutáneo gracias a su alto contenido en compuestos polifenólicos de efecto antioxidante. Concretamente, las antocianinas, que son las que aportan su pigmentación azulada, proporcionan a la piel una apariencia más tersa, brillante y sedosa. Los arándanos contienen una alta variedad de fitoquímicos, vitaminas A y C, y minerales como manganeso, sodio y potasio, capaces de estimular la circulación sanguínea. Poseen una elevada acción bactericida y antiinflamatoria, equilibran los niveles de grasa y contribuyen a mejorar el acné. 


El aceite de grosellas negras ha sido conocido desde tiempos inmemorables como el ‘elixir de la juventud’, debido a que reduce los síntomas del envejecimiento. Extraído por prensado en frío tiene propiedades calmantes, regeneradoras, revitalizantes y antioxidantes. Su potente efecto rejuvenecedor restaura la piel dañada, nutriéndola, protegiéndola frente a la pérdida de agua y aumentando su brillo natural. Su contenido en ácidos grasos Omega -6, también conocidos como ácido gamma-linoléico (GLA), almacena propiedades antibacterianas y anti-oxidantes que ayudan a luchar contra diversos trastornos y afecciones crónicas como: eczemas, psoriasis y dermatitis atópica. Su alto porcentaje de flavonoides inhibe la producción de histamina y estimula la de catecolaminas por ello reduce la inflamación de la piel y contribuye a mantenerla más saludable. La grosella negra también es perfecta para que las uñas débiles y quebradizas recuperen su fortaleza y resistencia, y para tratar el cabello seco o quebradizo, evitando su debilitamiento. 

Maripi Gadet-Escritora especialista en cosmética natural y vida sana

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